Hace unos días, terminada la jornada laboral hablaba con un compañero del ruido en el aula. Le decía que era algo que tenía que trabajar, puesto que, con algunos grupos con los que comparto clase, este año el ruido llegaba a ser insoportable. Mi compañero decía que el seguía viendo problemas en la atención del alumnado. Cada vez es más difícil —aseguraba— que los estudiantes de cualquier curso mantuvieran la concentración y atención durante unos minutos.

Recordé que ya había escrito sobre este tema en el blog a raíz de un artículo que leí en el país y que me pareció muy certero sobre la atención en nuestras aulas. La propuesta venía a decirnos que las clases, tal como las concebimos en sesiones de 45 o 55 minutos no tienen hoy ningún sentido. Algo con lo que estoy de acuerdo. Ningún adulto, ni mucho menos un adolescente o joven es capaz de mantener la atención durante tanto tiempo. Así que ya hay muchas experiencias en el sentido de fragmentar esos horarios en pequeñas clases (me parece la más apropiada) o eliminar esos horarios de manera que no exista una jornada repartida en determinadas sesiones, sino que sea un espacio libre donde las materias van apareciendo en función de las necesidades de los estudiantes.

Sinceramente, cuando voy como alumno a cualquier curso —y hago unos cuantos mensualmente—, el orador tiene que ser muy, pero que muy bueno, para que, sin cambiar de actividad mantenga mi atención. Como los oradores buenos son escasos, la solución creo que hay que buscar una solución práctica y viable para cualquier docente. Consiste en organizar diversas actividades dentro de la misma sesión de clase. Considero muy necesario, para mantener el interés y atención en clase, que haya, al menos tres momentos diferentes en la clase. En mi caso procuro que haya una actividad dinámica en la que se tengan que mover y otras dos de atención, trabajo, reflexión, exposición.

Un/a estudiante normal, aunque ponga todo el interés del mundo, no puede mantener la atención durante toda una clase hoy en día. Hay muchas razones: están sobrestimulados, son multipantallas y, además tienen otros centros de interés que no son siempre los estudios (chicos, chicas, deporte, música, relaciones sociales, su propia imagen, medios sociales…). ¿Qué hacer entonces?

Ya avanzaba algo: dividir las clases en momentos. No seamos aburridos. ¿Nos podemos pasar una hora hablando? ¿Podemos pasar una hora corrigiendo ejercicios? ¿Podemos pasar una hora leyendo? No, lógicamente. Alternemos actividades distintas. No seamos monótonos/as. Casi todas las clases tienen hoy en día recursos audiovisuales. Utilicémoslos, luego pasemos a otra cosa, cambiemos de actividad dentro de la hora de clase. Aunque no creo que sea la mejor, pero ofrezco mi temporlización normal de una clase:

Empiezo con el saludo pertinente. Además, una vez acomodados en el aula, les invito a levantarse y saludarse. Para volver a la calma comienzo con algún audiovisual corto (nunca más de cuatro o cinco minutos) que capte su atención. Terminado este una pregunta ¿qué sabes de…? ¿Qué opinas de lo que acabamos de ver? ¿Cómo definirías? Individualmente o en grupo deben trabajar esa cuestión. La compartimos. Pueden escribir en la pizarra: así se levantan y se mueven o salen al frente de la clase o desde su sitio hablan de pie. A continuación entro en la parte fundamental de esa clase ¿Qué quiero trabajar? Elaboración de algún trabajo: grupal con técnicas cooperativas, haciendo grupo de expertos, lectura compartida… Se hace el gran trabajo de ese día. Cerramos ese trabajo comprobando lo aprendido, contrastando con los compañeros/as de clase y cierro la actividad.

En ese sentido me gusta mucho el aprendizaje cooperativo, proporciona dinámicas, actividades, propuestas que movilizan la clase. Dinamizan el aprendizaje. ¿Se puede dar la clase en el patio? ¿Por qué no hacerlo? ¿Podemos cambiar los grupos, la distribución? ¡Adelante! ¿Qué te lo impide?

Cuando he tenido la oportunidad de hablar a otros compañeros en cursos de formación, siempre les recuerdo mi máxima en educación: “Si quieres resultados distintos, no sigas haciendo lo mismo”. Lo que no es de recibo es, ser conscientes de que no se mantiene la atención y concentración en clase y seguir dando las clases de la misma manera, algo tendremos que cambiar.

¿Y sobre el ruido, qué? Pues tengo algunas ideas que, de momento, me funcionan. La primera es parar: Cuando el ruido supera los niveles adecuados, paro. Y espero que a la clase vuelva a “cierta normalidad”. Cuando hay un audiovisual y el ruido empieza a subir, le bajo el volumen discretamente al sonido de la proyección y los/as estudiantes, bajan también el suyo. También tengo una aplicación para medir el ruido que uso con algunos grupos, está como referencia en la clase y ellos van viendo que el nivel no es adecuado.