Esta semana he tenido un encontronazo interesante con algunos alumnos de un grupo de clase. El motivo una salida complementaria, extraescolar o una excursión, como dicen ellos. El problema surge cuando, de entre un grupo de veinticuatro estudiantes, siete, sin motivo aparente, deciden no ir. Obviamente, desde cualquier punto de vista, no parece normal que los estudiantes puedan decidir ir o no a las excursiones, ir o no a clase.

Al día siguiente, voy a la clase y, con tono serio, explico que no me parece normal lo que han hecho, faltar de manera injustificada, sin aviso. Les explico, entre otras cosas que una actividad complementaria lleva tiempo organizarla, lleva la aprobación de la dirección del centro y Consejo Escolar. Además hay planificarla con instituciones externas, con la Vicedirección y Jefatura de Estudios, para buscar profesores acompañantes y costos de la actividad, respectivamente. Finalmente, les digo, para ponerles en un “aprieto” que hay unos gastos de transporte que se calculan en función del alumnado y, que siempre se establece un margen para una o dos faltas accidentales, pero no para siete. Por tanto les propuse que entre todos deberían pagar la parte de los alumnos que no fueron o que estos, pagaran su transporte, aunque no fueran.

Hoy por la mañana, por los pasillos del centro, un alumno me que no asistió a la salida me dice: “profe, mi madre dice que no te va a pagar nada”. “Me alegro”, le contesté. Y seguí mi camino pensando “¡vaya problema que tiene esa madre…!” Ciertamente tiene un problema porque cuando sus padres le dan la potestad a su hijo de 12 años de decidir ir o no ir a clase, seguramente mañana tendrán que lidiar con que su hijo regresa a casa a la hora que quiera, porque el puede decidir. Igualmente podrá en algún momento decidir no venir más a clase, porque no le apetece y, seguramente, la familia tendrá que aceptarlo.

Esta situación me hace reflexionar sobre el valor que algunas familias y estudiantes dan a la enseñanza. Me hace pensar el flaco favor que le estamos haciendo a nuestros estudiantes sobre cuales son sus derechos y obligaciones. ¿Si hoy pueden faltar libremente a clase aprenderán que mañana pueden faltar de igual modo al trabajo?, ¿Si justificamos de manera “injustificable” sus faltas a clase con mentiras, le estamos enseñando a mentir y a inventar excusas?

Sin duda, el problema lo tienen las familias de quienes están educando a “pequeños emperadores”, como así se les llama, porque se le están dando potestades a los niños que no les corresponde, de forma especial para su aprendizaje y desempeño de una buena ciudadanía. ¿Todo vale? ¿Todo se justifica? No soy mejor padre ni mejor docente que ningún otro, pero indudablemente me preocupa, cuando algún estudiante viene “empoderado” por su familia a decirme poco menos que “profe, hago lo que me da la gana y mis padres me apoyan”. Pues que bien, como pensé esta mañana: “tus padres tienen un problema”.

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