Entramos en un periodo de vacaciones y me voy, tras el claustro de la segunda evaluación, con la sensación de que se nos olvidó demasiado pronto que fuimos estudiantes. También se nos olvidó demasiado pronto que fuimos jóvenes. Las razones por las que hago esta afirmación son nuevas prohibiciones, disciplina, normas y más normas que crean confusión e inquietud en el alumnado.

Muy frecuentemente, cuando camino por los pasillos del centro, pienso ¿Que hago enseñando si yo era un trasto de estudiante? No era problemático ni daba problemas de disciplina, pero si que era un poco pillo. Repetí en un curso, con frecuencia tenía que acudir a pruebas extraordinarias en septiembre, hasta que, aproximadamente en el bachillerato actual, decidí tomarme en serio los estudios.

Con estos precedentes, no es extraña la pregunta ¿qué hago aquí? Quizá también por eso considero que se nos olvida demasiado pronto que tuvimos 13, 14 o 15 años, que también nos distraíamos en clase, que también nos reíamos de los profesores, nos burlábamos de nuestros compañeros. Puede que algunos profesores se han hecho adultos “demasiados responsables” olvidando que también pasamos por la edad que tienen nuestros muchachos y muchachas de ahora. Se ha olvidado que hace años también algunos de nosotros copiamos (o lo intentamos), nos fugamos, pedimos ayuda a un compañero durante un examen, enviamos papelitos con notas o hicimos caricaturas mientras el profesor hablaba.

Otra de las cosas que suelo hacer con frecuencia es sentarme en la mesa de los estudiantes. Cuando algún grupo expone o mientras trabajan, me gusta sentarme entre ellos, tratar de recordar y ponerme en su lugar pero, sobre todo, preguntarme ¿me está gustando esta clase? La respuesta debe ser afirmativa, porque si no te gusta lo que haces, si ni siquiera te convence tu forma de presentar tu materia, imagínate a los estudiantes.

Se nos olvidó demasiado pronto que estuvimos tras un pupitre y, hay quien en ocasiones carga a los estudiantes de normas, pruebas y presión que ni siquiera nosotros somos capaces de cumplir. Hagamos un buen ejercicio de colocarnos de vez en cuando en el pupitre, situándonos en su perspectiva, tratando de comprender sus inquietudes, que pueden ser muy parecidas a las que teníamos nosotros a su edad.

No nos olvidemos nunca del camino recorrido. No por quedarnos anclado en él, sino para ser capaces de comprender a quien se encuentra en ese punto por el que nosotros también pasamos.

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