Termina el curso, pero este espacio no se cierra. Toca en verano reflexionar sobre el sistema educativo, pensar en proyectos para el nuevo curso, mirar lo vivido para planificar el futuro una de las retos que se les plantea a los docentes tes es la innovación. Es evidente que en algunos aspectos el sistema educativo se ha quedado atrás. Los estudiantes va a un ritmo que los docentes hemos perdido. Por tanto es obligado innovar. La consigna es: Tenemos que innovar. Pero ¿a cualquier precio?

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En el claustro final el tema que más debate generó fue la adhesión o no a proyectos de innovación que se plantean desde las institución regional. No suelo intervenir, salvo por alusiones directas en estos foros, sin embargo, en esta ocasión no pude permanecer en silencio. Porque me gusta la innovación y por que estoy convencido que las metodologías deben cambiar. Sin ir más lejos, yo personalmente, convierto mi clase en un laboratorio donde voy experimentando e innovando. La enseñanza, como la sociedad, es muy cambiante, por eso me sumo a cualquier proyecto y apoyo la innovación y la formación en este aspecto, pero lo que es evidente que no se dan las situaciones adecuadas para que los docentes puedan innovar.

Antes de debatir este aspecto se había dado cuenta de la formación de la plantilla para el curso que viene. Los horarios continúan a 20 horas directas semanales con alumnos más las complementarias. En ocasiones, más de veinte. También se nos había informado que los grupos de segundo de Secundaria estarían probablemente con 30 alumnos, en algunos casos más, porque desde la Consejería, por dos o tres alumnos más no iba a conceder un grupo más y bajar la ratio por grupo. ¿Se puede innovar así?. ¿Con aulas masificadas, sin medios, con veinte horas de clase semanal y con unos salarios que no han subido al ritmo del coste de la vida?

No soy negativo, más bien todo lo contrario. Me caracteriza el positivismo y las ganas de aprender y mejorar. En los últimos años presento como méritos a la Consejería de Educación alrededor de diez títulos de jornadas de formación que realizo cada año. Dedico muchas horas de mi tiempo para preparar con esmero mis sesiones pero desde las instituciones no recibo ningún apoyo. Hago todo esto y lo seguiré haciendo porque todos mis esfuerzos se centran en los alumnos que si agradecen y reconocen este trabajo. Pero no reclamo un beneficio personal e individual, sino que creo se debería reconocer el trabajo de centros públicos que innovan y trabajan bien. Se debería valorar de algún modo y premiar a profesores que son, además de buenos enseñantes, magníficos profesionales innovadores y estupendos profesores. Tal como sucede e la empresa privada, premiar, agradecer a quien lo hace bien, tal como sucede en otros sistemas educativos. Seguramente así, alguna cosa cambiaría ¿o no?

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